La otra cara
Artículo publicado en el diario Berliner Zeitung – Número 225 – Fecha: 25/26 de septiembre de 2004.
Por: Ulrike von Leszczynski
Alfredo Fernández retrata prisioneros en Berlín. El artista español conoce a veces más acerca de ellos de lo que conoce el agente de libertad condicional.
„El tiempo con el pintor me ha mostrado el lugar más profundo de mi alma. No solo los ojos y la cara. Allí está casi todo lo que llevo en mí. En ocasiones soy demasiado débil para soportarlo“ (Prisionero, edad: 34 años).
Podría ser un asesino. No habla al respecto, tampoco acerca de la cárcel, ni acerca de la pena. Hay algo de impasible en su forma de hablar que le permite manejarlo con cierta distancia. Como si quisiera separar su vida en la cárcel de su vida real. Pero no será posible. No mientras esté sentado frente al pintor.
Se trata de un experimento excepcional: Un prisionero y un artista se dan cita en una pequeña y austera oficina. Solo un cenicero separa el caballete del desgastado sillón del modelo. Se fuma mucho en este lugar; el cigarrillo parece ser el único sustento para la media hora que toma el retrato, la cual muchas veces transcurre sin que se escuche una sola palabra. Muchos pensaron que este experimento no prosperaría: un pintor que dibuja las caras de prisioneros y habla con ellos sobre la imagen que tiene de sí mismos, sobre sus miedos, rabia, dolor o remordimiento.
¿Lo tienen merecido estos convictos? ¿Qué efecto ha de producir el que asesinos, violadores, ladrones, traficantes de drogas o delincuentes comunes vean en sus propios rostros, en sus propias caras cómo los ve un pintor? Alfredo Fernández sonríe. Es una sonrisa agradable, no fingida o presuntuosa. A veces, hasta adquiere algo de picardía la habitualmente seria mirada de ojos oscuros. Con los hombres a quienes dibuja tiene una actitud abierta y al mismo tiempo con una actitud de manifiesta distancia. No desea ser el camarada.
Algunos presos habrán pensado que tendrían un juego fácil con este hombre delgado que ronda los cincuenta años. Habrán pensado que si se dejaban retratar, ello representaría uno de los anhelados beneficios para la reducción de la pena. Sólo al encontrarse sentados en el trajinado sillón se dieron cuenta que había sido ingenuo pensar así.
Hubo muchos que dudaron. Entre ellos Dieter Schultz, quien es agente de libertad condicional en Berlín y se encuentra desde hace veinte años en servicio. Él los conoce a todos: a los estafadores, a los pedófilos, a los asesinos... ¿Qué puede ver un artista que él no vea? Sin embargo, con el tiempo Schultze ha aprendido a valorar la idea del pintor. “Hay muchas formas de escalar una montaña”, dice. Es un largo proceso, hasta que un preso que ha sido puesto en libertad se concibe como parte de la sociedad, se acepta y reencuentra con su propia personalidad – o encuentra una.
Dieter Schulze es un hombre que critica con dureza el sistema de justicia, del cual hace parte. Alguien que considera como una catástrofe las condiciones espirituales de la prisión en Alemania, que las califica como mera “custodia corporal” sin exigencias al intelecto ni al espíritu, indispensables para la vida. Desde la perspectiva de Schultze, la cárcel significa para los cerca de 60.700 presos en Alemania un tedio gris: el golpe de puertas metálicas, la repartición de comida, el paseo en el patio y trabajo monótono. Schulze no quisiera ser malinterpretado, no pretende poner en duda sentencias o extensión de penas. Para él no se trata de compasión o consternación sino de la índole del régimen penitenciario: “Es una administración tan perfecta, que hasta sofoca lentamente la sensación de estar pagando una condena” opina Schultze. En las cárceles alemanas llega un momento en el que el preso ya no siente nada.
Cuando están donde Alfredo, el pintor, es otra cosa. En el viejo sillón del austero recinto se encuentra un preso de unos treinta años. En la parte delantera de su camiseta, el oso símbolo de Berlín muestra los dientes como un bull terrier. La imagen de cómic podría reflejar su condición. “Soy duro”, dice. Es la octava sesión entre modelo y pintor. Fragmentos de la historia de una vida llenan el recinto nublado por el humo de cigarrillo. El hombre del bull terrier es un preso en régimen de semilibertad. Sólo en la noche debe regresar tras las rejas, a las 9:30 p. m. “Pronto seré padre”, dice él mientras Alfredo, silencioso, rasguña sobre el papel con su lápiz pastel. Suena un poco increíble, casi interrogativo. “Así que padre”, dice en voz baja el pintor, calla y dibuja. Mira fijamente a su modelo durante varios minutos. Algunos presos han interrumpido las sesiones. No podían ni querían sostener la mirada escudriñadora del pintor. En la cárcel, han dicho, uno no se mira a los ojos; se considera una afrenta.
Para los presos, los encuentros son un regalo de tiempo. A veces modelo y pintor se sientan dos o tres horas, 120 o quizás 180 minutos para hablar y escuchar. Para algunos presos, al comienzo esta es una experiencia casi olvidada. Desde hace mucho tiempo nadie les hace preguntas, como las que les hace Alfredo: “¿Te sientes amado?”. Apenas en el sillón, muchos presos han comprendido que un retrato es una inesperada confrontación consigo mismo, una especie de provocación.
En el cenicero junto al caballete se encuentran muchos cigarrillos apagados. Sobre el papel asoman cabellos castaños, ojos verde oliva demarcados por sombras, una nariz respingona y una boca delgada como un trazo; después, el oso arisco de la camiseta del preso. Es un retrato alterado en estilo expresionista; no refleja una imagen, refleja un semblante. El hombre del bull terrier sobre el papel parece un payaso triste.
El modelo observa su otra cara sobre el caballete, el preso comienza a interpretar. Observa miradas expectantes pero también un poco de miedo en sus ojos. “Pánico, sí, quizás pánico”. Lo interpreta como un desarrollo: ahora es más abierto que antes. En la tranquilidad de la reflexión pregunta Alfredo: “¿Cuándo nace el bebé?” – “Noviembre”.
En el sillón, apoyando el mentón sobre las manos, el modelo comienza a hablar: “En la cárcel me he zafado de todos. No he hablado sobre mi delito ni sobre la pena. He contado los minutos, uno a uno. Mi novia nunca volvió, mi hija pequeña ahora le dice a otro hombre papá. Sentía indiferencia cuando me miraba al espejo. He hecho todo lo que esperaban de mí. Me he vuelto un buen actor, de verdad”. “¿Lo eres, realmente?”, pregunta el pintor.
Alfredo Fernández cuelga los ocho retratos en el recinto. Los primeros cuadros de la serie muestran una cara reticente. Muestran a un hombre que un año atrás decía sobre sí mismo: “Uno se ignora -¡Y ya!”. Luego, los ojos en las imágenes comienzan a mirar al observador, primero escépticos, luego curiosos, siempre vigilantes. “¿Cuál es tu verdadera imagen?”, pregunta Alfredo. “¿No llevamos todos una máscara?”, replica el hombre del bull terrier.
¿Por qué Fernández pinta en la cárcel? Su propio camino hacia la pintura lo realizó a través de fases de prueba y error. Primero en la academia de artes en España y más tarde en sus estudios como pintor escénico. Hubo una ruptura con su familia extremadamente burguesa, una búsqueda de sentido en el extranjero, estudios de Sociología y Filosofía. En Berlín empezó a realizar sus retratos. ¿Qué le motiva a realizar esta tarea escogida por sí mismo? Es la eterna pregunta del arte: La fugacidad del ser, la corta duración de la vida y lo que un individuo puede hacer de ella. “No soy un terapeuta…”, dice Alfredo, “…pero puedo escuchar. Se escucha muy poco a la gente. La sociedad de hoy día se comporta como haciendo zapping frente al televisor. Lo que no gusta, se deja de lado”. Tampoco para el pintor escuchar fue siempre fácil. “Algunas veces tuve que esconderme tras el caballete”, dice. En el sillón, a dos metros de distancia, se encontraban personas que ya no tenían una impresión de sí mismos. Personas que en el sombrío retrato veían a una persona feliz porque no querían admitir su propia desdicha, ni su delito, ni su condena, nada en absoluto. A veces el odio hacia todo y todos permanecía por un buen tiempo en el recinto, como si los presos hubiesen tirado la llave de su propio Yo.
“Ese no soy yo, es mi padre” (Preso, edad: 31 años).
Para Schultze, el agente de vigilancia, la autonegación es un gran problema: “En ello tiene parte la sociedad, cuando los presos son dejados en libertad”. Podrían ser muchos los que abandonan la cárcel sin haberse confrontado con su delito. En Berlín se encuentran cerca de 4 500 personas en prisión, la mitad de ellas ha estado allí por más de un año. “Quien no es creyente o no tiene apoyo de su familia, allá dentro se deteriora espiritualmente”, dice Schultze. Es una observación objetiva.
Los delincuentes no merecen algo mejor, es el juicio usual de la sociedad que paga sus impuestos para el confinamiento. De una sociedad que sabe, que para las víctimas pocas veces hay ayuda alguna. ¿Por qué entonces debería haberla para los delincuentes? El agente de libertad condicional piensa que de vez en cuando debería haber un equilibrio víctima – delincuente. “Quienes cometen un delito deben mirar a la cara a sus víctimas”.
Con Alfredo, aprenden –quizás- a verse a sí mismos. Para la primera gran presentación de sus cuadros de prisioneros, el artista se ha buscado un lugar especial: el Ministerio de Justicia Alemán. Allí, todos los días, los empleados pasarán por sus cuadros cuando se dirijan al comedor. Y verán las 200 caras en las que se reflejan muchos años de privación de la libertad. El pintor quiere mostrar personas en los muros del Ministerio. No habrá pie de imagen en la que se lea asesino, violador, abusador de menores o ladrón.