Comencé a pintar, sin talento, a la edad de 23 años, allá por 1979; y empecé como empezaríamos todos la primera vez: como un niño, sin serlo ya. Era muy frustrante ver que no, que no podía hacerlo como yo quería; tras un par de cuadernos lo dejaba durante algunos meses, pero volvía a ello una y otra vez. Necesité ocho años para hacer trabajos que ahora resolvería en dos.
Algunos cuadernos y algunos años después pensé que quizás podría aprender a dibujar y me apunté a una escuela privada: duré una semana, pero aprendí. Aprendí que reproducir el aspecto real de las cosas no me interesaba; que no quería ni medir ni mirar a través de una cuadrícula; que yo veía de colores el mundo que ellos me hacían dibujar en negro sobre blanco...
Seguía, pues, como al principio, sin encontrar mi camino. Busqué por otros lados, trabajaba de muchas cosas, vivía la aventura de la vida, pero siempre volvía a encontrarme un papel en blanco. Así, hasta finales de los 80, momento en que comenzaron a salir las imagenes de mi mundo interior. Aceptar ese mundo, reconocerlo, fue lo que estableció definitivamente mi relación con la pintura; conseguí comunicarme conmigo mismo a través de ella.
Desde entonces no he dejado de pintar. Las cosas fueron cambiando lentamente; empecé a dibujar, pero en la calle y con colores; sin medir, sin proporciones, que es, en el fondo, como ve el ojo humano; mejor dicho, nuestras propias deformaciones y prejuicios hacen que la realidad que vemos no coincida necesariamente con la apariencia de las cosas; por eso, mirando la misma cosa cada uno la ve de diferente manera y es que la realidad no es una, sino infinita, y nuestra visión de ella, limitada, parcial y subjetiva.
Por eso, la desproporción, que tanto me irritaba al principio, se ha convertido en parte fundamental de mi estilo, de mi manera de ver y transmitir. El color es, quizás, el segundo factor fundamental; tampoco lo estudié, sino que lo aprendí, relacionando colores con sensaciones; un proceso bastante subjetivo que hacemos todos automática e incoscientemente muchas veces al día.
Y en cuanto a los temas, creo que hay un denominador común en toda mi obra: es figurativa en los retratos, desnudos, arquitecturas, sueños..., o abstracta, en las paredes. Personalmente me fascinan las huellas que hay en todo, en todos; las huellas nos convierten en seres particulares, objetos únicos, susceptibles de interpretación; llegar hasta su esencia significa ver también la esencia del otro −fascinante proceso, el reconocimiento propio en otros−; es, en definitiva, lo que unos somos para otros: un espejo. Y espejo es lo que ha sido siempre el arte; lo que hoy todavía quiere ser.

Berlín, 2015